Gamificación y videojuegos, la combinación ganadora

No es la primera vez que hablamos sobre la gamificación en el blog ‘Jugar es Serio’. Hace no mucho, hicimos una pequeña aproximación al término y vimos cómo desde nuestra más tierna infancia nos valemos de los juegos para ir adquiriendo una serie de habilidades o destrezas.

 Gamification next exitLos expertos sitúan la gamificación en contextos ajenos a los juegos. Entonces, ¿se deberían descartar los videojuegos como herramientas para el aprendizaje? Obtener un alto grado de diversión, ¿es compatible con la adquisición de destrezas?

El catedrático de la Universidad de Wisconsin-Madison, James Paul Gee, publicó en 2004 el libro “Lo que nos enseñan los videojuegos sobre el aprendizaje y el alfabetismo”. En su interior, el autor lista una serie de 36 principios sobre los procesos de aprendizaje que puede aprovechar el mundo educativo de los videojuegos.

Su principal propuesta tiene como eje que este entretenimiento virtual “propicia un aprendizaje activo y crítico, no pasivo”. Esto se debe a que los juegos permiten correr riesgos con consecuencias reales de “bajo impacto” que no sancionan al aprendiz, sino que les hace aprender de sus propios errores. Para superar el reto que tienen delante, la práctica intensiva en un contexto divertido les lleva a la automatización de las acciones pudiéndose convertir en expertos.

Ahí es donde entran los diferentes niveles de dificultad y el diseño de un videojuego. Los aprendices tienen que modificar las rutinas aprendidas anteriormente y adaptarlas al nuevo contexto jugable. Y vuelta a empezar.

Durante todo este proceso, Gee estima que los aprendices no sólo asimilan las mecánicas del videojuego, sino que “les permite descubrir cuáles son sus límites y fortalezas”.

Una de las ventajas de los videojuegos es que posibilitan diversos caminos para llegar a un mismo destino. Los jugadores, que ya conocen sus límites y fortalezas, son capaces de dejar sus miedos a un lado para arriesgar y explorar. Están predispuestos a aprender a solucionar problemas de manera alternativa. Como hemos destacado unas lineas más arriba, la sanción por fallar es tan leve que el aprendiz no siente que el reto es imposible.

Practicando diez mil horas

Una de las dudas que surgen es conocer cuánto tiempo se le debe dedicar a una actividad para que el aprendiz se convierta en todo un experto. El escritor y sociólogo canadiense Malcom Gladwell lo ha calculado en su libro “Outliers: The Story of Success”: 10.000 horas de prácticas. Algo más de un año y un mes o tres años y medio de jornadas laborales de ocho horas.

Este es el punto donde puede entrar la gamificación como método motivacional y de ruptura con el hastío que suele surgir en todo proceso de aprendizaje. Un sistema que ayude al aprendiz a no abandonar su camino hacia la máxima especialización.

Si, además,  se le añade un videojuego como soporte a esa gamificación, el estudiante se verá beneficiado de todos sus elementos positivos: mayor nivel de concentración, el desarrollo de habilidades estratégicas y resolución de problemas con los recursos disponibles; un incremento de la capacidad analítica; mejora en la gestión del tiempo e incremento de rapidez a la hora de evaluar las situaciones y la toma de decisiones; desarrollo del pensamiento y la memoria; trabajo en equipo, la responsabilidad y, por supuesto, la competencia en el uso de herramientas digitales.

Por Julen Zaballa, ‘Asadapi’

Anuncios

Los videojuegos en la infancia

Las sociedades actuales cambian a pasos agigantados. Lo que ayer se había convertido en el juguete de moda hoy a pasado a estar desfasado. Los videojuegos llevan varias décadas instalados en nuestros hogares y es en los últimos años cuando se han analizado las cifras de beneficios que maneja el sector cuando gran parte de la sociedad ha empezado a tomar los videojuegos como algo “serio”.

Este que les escribe ha vivido el boom del videojuego, desde su nacimiento hasta la actualidad y consume videojuegos a diario, de PC, de consola, de móvil, de redes sociales, me gusta perderme un rato en las novedades y disfrutar con las últimas mejoras de la industria. Empecé a jugar a los videojuegos con 10 o 12 años y siempre lo disfruté en compañía de mi hermano y de mis amigos. Asocié el videojuego como una cuestión de grupo, cada reto, cada victoria o cada “muerte” de nuestro personaje, era asumida como una alegría o decepción grupal. Recuerdo un juego de la Super Nintendo (Final Fantasy III, creo) que solo existía en japonés y con un adaptador-cartucho más grande casi que la propia consola lo reconvertíamos al inglés, y entre cinco amigos (lo alquilamos tantas veces que nos habría salido más a cuenta comprarlo 3 o 4 veces) traducíamos con un par de diccionarios las palabras que no conocíamos (casi todas) para poder seguir el hilo de la historia.

De lo que más me acuerdo es de 4 chavales haciendo piña, uno con el mando pausando los textos mientras otro intentaba traducir lo que podía y otro transcribía a lápiz en un papel los textos para que el último los fuese buscando en el diccionario. Sin duda todo un trabajo de equipo. ¡Y bien divertido que era! Anda que no habremos pasado horas y horas haciendo eso, y aprendiendo un buen montón de palabras  en inglés y que se han quedado grabadas a fuego en nuestra memoria.

Hoy ya pasados los treinta y analizando el videojuego actual, todo ha cambiado radicalmente. Mucha demanda y muchísima oferta. Los videojuegos ya vienen traducidos y existen infinidad de publicaciones que fomentan el trabajo en equipo gracias a los juegos online multijugador. Pero como todo, al final el videojuego ha de ser visto como una herramienta y no como un fin en si mismo. La era digital nos permite transformar un palo y una piedra en un mando de consola o un ratón de ordenador como forma de ocio, pero en edades tempranas han de dosificarse las horas de disfrute de los videojuegos al igual que lo hacemos con los dibujos animados.Y por eso si nuestros hijos por su propia voluntad deciden jugar a los videojuegos, debemos de jugar con ellos en la medida de lo posible, controlando las horas y sobre todo dando especial importancia a que aprendan a separar la realidad de la ficción. Debemos introducir el videojuego como herramienta educativa para fomentar la curiosidad, para que se entiendan cómo están hechos esos videojuegos, por qué hay que hacer esto o esto otro y hacerles entender qué es real y qué no lo es. De esa manera utilizaremos el videojuego a nuestro favor y no será motivo de conflicto en nuestra relación padres-hijos primero, y en la relación con el resto de la sociedad después.

Un padre jugador