Relaciones 2.0: Niños y nuevas tecnologías

Cada vez son más los niños que, sin saber apenas hablar, manejan de maravilla smartphones, tablets y otros dispositivos digitales. Es alucinante ver la habilidad que tienen, su capacidad de observar, imitar, trastear, retener información y aprender sin ayuda de nadie a utilizar estas nuevas tecnologías en mucho menos tiempo de lo que a nosotros nos ha costado.

niñostabletAsí lo demuestra el siguiente dato: el 40% de los niños de entre 2 y 4 años sabe manejar un dispositivo táctil. Nos encontramos ante una generación que ha manejado un smartphone o tablet desde la cuna, forman parte de su día a día, y por lo tanto, la adaptación de este tipo de dispositivos a la educación así como la adecuación de los juegos a estas nuevas tecnologías, pueden ofrecer grandes posibilidades.

En Estados Unidos ya se puede encontrar una tablet expresamente diseñada para niños de entre 1 y 6 años. Se llama Vinci y solo se comercializa en EEUU, Canadá, China y Francia. Pero aquí tampoco nos quedamos atrás, la empresa española Imaginarium, especializada en juguetes educativos para bebés y niños, tiene la tablet infantil SuperPaquito que contiene además una selección de juegos educativos. Por otro lado, la editorial Santillana también ha adaptado sus míticos cuadernos a las exigencias del mercado actual y ha creado la aplicación Pupitre, aunque de momento solo está disponible para iPad.

A pesar de todo, no nos podemos olvidar de que el temprano uso de las nuevas tecnologías puede acarrear una fuerte dependencia hacia ellas, como ha ocurrido en el Reino Unido, donde según una noticia del diario The Telegraph, se han presentado casos de niños con adicción a estos dispositivos. Es por eso que los expertos recomiendan aprovechar el potencial de estas nuevas herramientas para divertirse, aprender y desarrollar habilidades, pero no más de 20 minutos al día. Ya lo dice el refrán, “todo es bueno en su justa medida”.

Por IanireGestionet

Abuso de videojuegos: salta la alerta parental

Los videojuegos ya son parte indiscutible del ocio habitual de la sociedad, por lo que hoy en día, un menor que no juega a videojuegos puede considerarse “un bicho raro”. Desde hace unos años se han convertido en uno de los regalos preferidos para los más pequeños de la casa y, con ello, surgen las dudas entre los padres. Se sienten desbordados ante una nueva forma de ocio que desconocen y que escapa completamente de su control.

El psicólogo madrileño Carlos González, especializado en videojuegos y menores, y responsable de la Asesoría People & Videogames, ofrece tranquilidad. “Los padres no deben sentirse impotentes. Los menores pueden conocer más de títulos o géneros. Pero lo que no saben es lo que pueden conllevar esos juegos”. En este sentido, aboga por utilizar el sentido común que otorga la “experiencia vital” y, a la hora de adquirir un producto, informarse para saber qué es lo que compran.

controlparentalAún así, a los progenitores no se les escapan las posibles consecuencias negativas que pueden acarrear el abuso de los videojuegos. Una actividad que, en casos extremos, puede crear “patologías adictivas”. González reconoce que ha detectado casos en España de adicción a los videojuegos.

Algunos síntomas que pueden poner en alerta a los padres son cuando un menor “siente la necesidad de jugar y, cuando no lo hace le produce un malestar intenso, se pone nervioso e irritable constantemente”. Otro factor es la aparición de “un cansancio inexplicable y ojeras”, ya que los menores suelen aprovechar la noche para jugar porque hay “menos control” por parte de los padres.

Recientemente, la Asociación Española de Pediatría (AEP) también advirtió sobre el “impacto negativo” que representa el uso prolongado de los videojuegos. “Un abuso puede favorecer una menor atención en la escuela, sedentarismo, obesidad e incluso afectar al desarrollo de su personalidad y a las relaciones personales”, aseguraban.

Asimismo, el Colegio de Ópticos Optometristas de la Comunidad Valenciana (COOCV) alertaba sobre diversas consecuencias por el abuso de los videojuegos como picor de ojos, lagrimeo, dolores de cabeza, enrojecimiento y fatiga visual. La explicación es sencilla. En una conversación, el ojo parpadea una media de 22 veces por minuto. Por el contrario, delante del televisor o del ordenador el parpadeo del ojo se reduce a menos de cinco veces en el mismo tiempo.

Tiempo máximo

Pero, ¿dónde está el límite? Los diferentes colectivos de expertos no se ponen de acuerdo sobre el tiempo máximo que los menores deben dedicar a jugar a videojuegos. Por un lado, los pediatras recomiendan limitar a “dos horas diarias” esta actividad. Los ópticos abogan a que los menores de 12 años “no dediquen más de 30 minutos al día”.

Por su parte, el psicólogo Carlos González asegura que, para “jugar saludablemente” el tiempo, “nunca debe ser superior al 40% del tiempo libre” para que este pasatiempo “no se convierta en su única forma de ocio y no ocupe otras facetas como los estudios o el trabajo”.

Por Julen Zaballa, ‘Asadapi’

Los videojuegos en la infancia

Las sociedades actuales cambian a pasos agigantados. Lo que ayer se había convertido en el juguete de moda hoy a pasado a estar desfasado. Los videojuegos llevan varias décadas instalados en nuestros hogares y es en los últimos años cuando se han analizado las cifras de beneficios que maneja el sector cuando gran parte de la sociedad ha empezado a tomar los videojuegos como algo “serio”.

Este que les escribe ha vivido el boom del videojuego, desde su nacimiento hasta la actualidad y consume videojuegos a diario, de PC, de consola, de móvil, de redes sociales, me gusta perderme un rato en las novedades y disfrutar con las últimas mejoras de la industria. Empecé a jugar a los videojuegos con 10 o 12 años y siempre lo disfruté en compañía de mi hermano y de mis amigos. Asocié el videojuego como una cuestión de grupo, cada reto, cada victoria o cada “muerte” de nuestro personaje, era asumida como una alegría o decepción grupal. Recuerdo un juego de la Super Nintendo (Final Fantasy III, creo) que solo existía en japonés y con un adaptador-cartucho más grande casi que la propia consola lo reconvertíamos al inglés, y entre cinco amigos (lo alquilamos tantas veces que nos habría salido más a cuenta comprarlo 3 o 4 veces) traducíamos con un par de diccionarios las palabras que no conocíamos (casi todas) para poder seguir el hilo de la historia.

De lo que más me acuerdo es de 4 chavales haciendo piña, uno con el mando pausando los textos mientras otro intentaba traducir lo que podía y otro transcribía a lápiz en un papel los textos para que el último los fuese buscando en el diccionario. Sin duda todo un trabajo de equipo. ¡Y bien divertido que era! Anda que no habremos pasado horas y horas haciendo eso, y aprendiendo un buen montón de palabras  en inglés y que se han quedado grabadas a fuego en nuestra memoria.

Hoy ya pasados los treinta y analizando el videojuego actual, todo ha cambiado radicalmente. Mucha demanda y muchísima oferta. Los videojuegos ya vienen traducidos y existen infinidad de publicaciones que fomentan el trabajo en equipo gracias a los juegos online multijugador. Pero como todo, al final el videojuego ha de ser visto como una herramienta y no como un fin en si mismo. La era digital nos permite transformar un palo y una piedra en un mando de consola o un ratón de ordenador como forma de ocio, pero en edades tempranas han de dosificarse las horas de disfrute de los videojuegos al igual que lo hacemos con los dibujos animados.Y por eso si nuestros hijos por su propia voluntad deciden jugar a los videojuegos, debemos de jugar con ellos en la medida de lo posible, controlando las horas y sobre todo dando especial importancia a que aprendan a separar la realidad de la ficción. Debemos introducir el videojuego como herramienta educativa para fomentar la curiosidad, para que se entiendan cómo están hechos esos videojuegos, por qué hay que hacer esto o esto otro y hacerles entender qué es real y qué no lo es. De esa manera utilizaremos el videojuego a nuestro favor y no será motivo de conflicto en nuestra relación padres-hijos primero, y en la relación con el resto de la sociedad después.

Un padre jugador